A veces, determinadas fotografías se fijan de tal forma en el imaginario colectivo que se convierten en una especie de carta de presentación de una ciudad, de una región o de una época.
Ejemplos sobran…
En estos momentos me vienen a la cabeza, París y El beso de Robert Doisneau;

- © Robert Doisneau
la niña afgana de Steve McCurry;

- © Steve McCurry
la Cachemira de Cartier Bresson;

el Marruecos de Bruno Barbey;

- Essaouira, Marruecos © Bruno Barbey
o el magnífico y espontáneo retrato del Che Guevara capturado por Korda.

- © Korda
Los caminos que llevan a que una imagen se consolide en la memoria visual más allá de las modas sigue siendo todo un misterio.
Quizás, si discerniéramos cada uno de sus factores, podríamos encontrar algunos aspectos que nos ayudarían a comprender algo de este fenómeno: difusión mediática en el momento justo; gustos políticos, artísticos, históricos del momento, publicación de libros importantes; circulación en revistas de renombre; cine o apoyo de documentales.
Pero todo ello, en conjunto, no es una fórmula concreta que pueda explicar como una determinada fotografía o un grupo de ellas quede fijada en el imaginario y que logre construir determinado simbolismo de un lugar o de una época.
Quizás, esas imágenes tan representativas, hacen que percibas el mundo de una manera u otra.
A mi me pasa esto muy a menudo. Y en especial con lugares que aún no conozco donde ciertas imágenes construyen poderosamente mi imaginario visual.
Algo así me pasó antes de visitar Segovia en España, una ciudad de la que había visto muchísimas fotografías. Y casi todas, de algún modo, se relacionaban con el fabuloso acueducto romano construido allí hace casi 2.000 años. Las típicas postales de siempre.
Pero había una de ellas que se fijó en mi mente más que otras y era la que se reproduce aquí abajo, captada en 1997 por James Stanfield, habitual colaborador de National Geographic.

- © James Stanfield
Deduje a partir de esta magnífica imagen que el reconocido fotógrafo norteamericano la había captado con la ayuda de un teleobjetivo desde algún lugar más o menos alto desde afuera del casco antiguo.
Luego de buscar en mapas y hurgar información por Internet llegué a la conclusión que no había edificios muy altos alrededor ya que toda esa área, aledaña al acueducto, es zona protegida por ser este último un Patrimonio de la Humanidad.
Entonces no cabía pensar en otra posibilidad que Stanfield había sacado esa foto desde el campanario de alguna iglesia.
Apenas arribé a Segovia, me dirigí al acueducto para constatar lo que previamente me había imaginado. Y desde allí me dí cuenta en seguida que, por la perspectiva de la fotografía de Stanfield, el lugar desde donde se sacó la imagen posiblemente fuera la Iglesia de San Justo (a su alrededor no había ninguna con un campanario más alto).

Ya estaba anocheciendo y decidí alojarme por los alrededores de esa antiguo templo cristiano. Con mucha suerte encontré una casona del siglo XIX restaurada que se los recomiendo: el hostal Don Jaime, ubicada a escasos metros de esta iglesia románica.
A la mañana siguiente, bien temprano fui a visitarla pero aún se encontraba cerrada. Caminé un poco por los alrededores y encontré a un hombre que regaba las plantas de un jardín y se presentó como Rafael, el cuidador de la parroquia.
Luego de los saludos iniciales, le pregunté si era posible subir al campanario y me respondió que no. Ya que estaba en muy malas condiciones y la mampostería aún no había sido restaurada. Y agregó que hacía unos cinco años que estaba cerrado y no sabía si lo iban a arreglar.
Entretanto, Rafael, gentilmente me abrió la iglesia para que la conociera.
Durante el paseo y mientras oficiaba de guía, le hice la siguiente pregunta:
- Rafael, usted que hace tanto que trabaja aquí ¿ sabe de algún fotógrafo extranjero importante que hubiese subido al campanario?
- Claro, hombre – me señaló ansioso por contar la historia – hace unos 10 años estuvo por aquí un inglés, creo. Era de esta revista…como se llama…National Geographic. Lo recuerdo bien porque esa noche era de perros. Había una tormenta!!!…estuvo como tres horas allí arriba hasta cerca de la medianoche. Pensaba en ese momento que la lluvia y el viento se lo podrían haber tragado. Me preocupó mucho porque estaba solo. Luego se fue y no lo volví a ver.
La visita por el interior de la iglesia bien valió la pena. En el ábside se encuentra una importante serie de murales del período románico (siglo XI y XII) que fueron descubiertos hacía pocos años.
Mientras mirábamos absortos dichos murales, pensaba en Stanfield y en aquella tormentosa noche. Pero también pensaba en que ya no era posible hacer una fotografía así con esa perspectiva desde el campanario.

- El campanario y la iglesia de San Justo. Al fondo el acueducto